Entonces corrí y corrí lo más rápido que pude, evadí la idea de mirar atrás, en el camino les vomité las asfixiantes ideas que parasitaban mi cerebro carcomido por las imágenes que revoloteaban, quemándome, pero librándome de la putrefacción mental a la que me habían conducido. Corrí sin perder la esperanza, aunque dejé caer en el camino un manojo de llaves y relojes que conducían a miles de puertas y tiempos que nunca conocí. Ellos me maldecían y seguían persiguiéndome sin compasión, pisoteando las acera, doblando esquinas oscuras y pateando basureros, disparando sus armas. Pero parecia que nadie se percataba de lo que sucedia en aquellas calles; ni siquiera yo entendia muy bien lo que pasaba, pero la música de fondo era lo que me hacia seguir corriendo, desesperado pero sin miedo.
Llegue a mi refugio y apenas cerré la cerrojo tras de mi, comencé a tallar una llave nueva, una que me sirviera para poder abrir mi propia puerta, para poder construirme de nuevo, una llave para poder reinventarme, para vivir al ras de las circunstancias y situaciones y no anestesiado, para comprobar quien soy y sentirme de seguro de lo que puedo hacer por mi mismo.
No fue fácil, no tenia los materiales y sentía a mis espaldas que los invasores aun acechaban a mi alrededor, los pasos y los ruidos, la oscuridad hacía de las suyas en aquel ambiente hostil que tan solo era el comienzo del viaje.
Intentaba buscar la fórmula necesaria para poder cumplir mi misión, sintiendo la presión de cada segundo que me exigía de vuelta afuera, en la "realidad".
Estaba ansioso por terminar aquella llave que brillaba ante mis ojos, pero las luces me confundían, y el torbellino estaba en su punto culmine, todas las imágenes se mezclaban y danzaban al compás unisono de una tragedia escrita en un pentagrama.
Cuando lo descubri, algo inexplicable ocurrió.
¿Greko, todavía sigues ahí dentro?
Se escuchó.
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